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Cuando hablamos de la fuerza de la voluntad, todos tenemos alguna historia cercana o propia para rescatar y poner en la palestra. Sabemos que la  “fuerza de la voluntad” está hecha de esfuerzo, constancia y deseo.

Pero a veces, cuando hacemos algo porque creemos que lo tenemos que hacer,  y realmente no queremos, esa voluntad pierde fuerza. Donde debía haber empeño y esfuerzo hay un intento más o menos decidido, donde  la constancia debe hacer acto de presencia, hay irregularidad, demoras, justificaciones, y donde el deseo debía ejercer de motor, hay un  solo propósito sin motivos personales reales que nos hagan convencernos de que merece la pena.

Aquí empieza el problema, si nos hemos comprometido con algo que nos nos gusta, o en lo que no creemos,  debemos examinar porqué lo hicimos, y  qué esperamos obtener de ello, pues es seguro que nuestra decisión de tomar partido lleva consigo alguna ganancia.

Puede que al examinar nuestra motivación, encontremos de inmediato el objeto de deseo que nos permita hallar “la fuerza de voluntad” necesaria para afrontar nuestro cometido, por ejemplo: “no me gusta mi trabajo, pero ganar un sueldo está ahora por encima y me motiva lo suficiente como para tener la voluntad de hacer bien mi trabajo” o “no me apetece ir a esa fiesta pero a mi pareja le hace mucha ilusión y quiero que disfrute ese momento así que la acompañaré”.

O puede que nuestra motivación siga siendo vaga y que ya sea para los demás o para nosotros y no encontremos la “fuerza de voluntad” suficiente.

Es en estos casos cuando se  hace realmente complejo abordar la situación.

El deseo de que algo ocurra debe estar presente siempre y debe ser fuerte. De lo contrario no tendrá la relevancia suficiente para que esté dispuesto a esforzarme y afrontar las adversidades que de la situación se deriven. Pero, este deseo debe estar acorde con nuestros valores, creencias, prioridades, si no entraremos en conflicto y nos perderemos por el camino “quiero trabajar y ganar dinero, pero no estoy dispuesto a marcharme dela ciudad y dejar a mi familia” o “quiero que mi pareja se sienta bien pero no estoy dispuesto a ir a una fiesta con gente que no me cae bien”.

Tener claro nuestras prioridades hará que nuestras decisiones estén más acordes con lo que queremos, también que nuestra voluntad para abordar la situación sea más fuerte.

Para llegar a lo que quieres tienes que tener voluntad,

Conócela!!

NO dejes que  limitaciones internas, creencias erróneas o decisiones equívocas minen tu voluntad!

 

Cristina Carmona Botía

Psicólogos en Murcia.