Lapendeja

   Erase una vez, una princesa que vivía esperando a su príncipe. Un   afortunado día se conocieron, se enamoraron y tras superar numerosas  dificultades, brujas, dragones y demás “seres mágicos”, consiguieron estar  juntos.

  Así llegó el día de la boda, la más grandiosa de las fiestas, el más esperado de los  eventos y cuando ya los habían declarado marido y mujer el beso de amor  más puro descubrió la gran sorpresa: El Sapo. El príncipe apuesto y  valeroso quedó reducido a un viscoso y soso sapo de charca; y así empieza el  cuento.

  Esta es la verdadera historia de muchas parejas, que viven un  noviazgo a medias; complaciendo al otro, para no enfadar, por no hacer  sentir mal, porque “tampoco me importa tanto”… sin expresar lo que realmente  quieren, sin pedirlo, o consintiendo comportamientos que nada o poco tienen  que ver lo que se espera del otro.

  Y siendo realistas, pocas veces se conoce a alguien si este no se deja ver, y ni  que decir tiene; casi nunca se cambia al de al lado por amor. Además de eso,  resulta que el sapo que aparece de pronto de la nada, suele ser más familiar de lo  que las personas tendemos a reconocer, al apuesto príncipe le aparecen  verrugas si retrocedemos en el tiempo; pero claro en aquel entonces no le  dábamos importancia, quizás hasta nos resultaba atractivo/a.

  Son habituales las parejas que tras años juntos resultan ser “de repente” unos  desconocidos, porque existen una serie de mitos y creencias profundamente arraigados que nos hacen creer en la pareja y en sus posibilidades (o más bien las del individuo) como algo casi omnipotente.

Los errores más frecuentes y dañinos son aquellos que basan la relación en lo que el otro “puede llegar a ser”; “no es una persona familiar pero seguro que cuando conozca a mi familia lo será”, “no le gusta el deporte pero cuando venga conmigo a correr le encantará y verá los beneficios”, “lo primero para él/ella son sus amigos, pero si nos casamos pasará todo el tiempo conmigo…” y así un sinfín de aseveraciones que uno cree y espera que se cumplan.

Lo peor de todo es que en ningún momento nos planteamos que no sea así. A menudo nos convencemos, e incluso la otra persona nos vende que va a cambiar; el deseo de moldear al compañero está por encima de la realidad e invertimos años y esfuerzo sin medida en una pareja con la que no tenemos nada en común, que tiene proyectos de futuro distintos y hasta opuestos a los nuestros.

La frustración en estos casos es mayúscula, “después de todo lo que yo he hecho por ti, después de todo el tiempo y las oportunidades que te he dado…” Es curioso que no veamos nuestro error al intentar cambiar a la otra persona o esperar cosas que nunca tubo intenciones de hacer… hacerlo supone reconocer que hemos invertido en una causa perdida desde el primer momento y eso no hace sentir idiotas, o cuanto menos nos avergonzamos de nosotros mismos… por lo que es mejor cargar toda la culpa en el otro.

Pues bien, si no queremos encontrarnos con este desagradable final, si no queremos ver a nuestro príncipe o princesa convertida en sapo, rana, o hiena… nos conviene tener en cuenta lo siguiente:

  1. El noviazgo está para conocerse y para ello debo mostrarme tal como soy.
  2. Mi pareja se muestra tal como es (así debo pensarlo) y si hay cosas que no me gustan, debo ponerlas sobre la mesa ya, y conocer si existe posibilidad de cambio o acuerdo en un punto satisfactorio para ambos.
  3. Si dado el acuerdo, la otra parte incumple sistemáticamente, es que no está dispuesta a cambiar, plantéate si quieres vivir con eso y si podrás llevarlo en el día a día.
  4. No hagas cosas para complacer que luego no estés dispuesto/a a seguir haciendo, crearas a un ser que no eres tú y que con el tiempo se sentirá incomodo y confundirás a tu pareja.
  5. No esperes a casarte para elaborar el proyecto de futuro; ¿Queréis tener hijos? ¿A qué edad? ¿Qué lugar ocupan las relaciones familiares para ti? ¿Estás dispuesto/a a pasar todos los sábados con la familia? ¿Cambiarías de ciudad por tu trabajo?
  6. Si su historia personal muestra una persona en cuyas relaciones anteriores se ha presentado de forma recurrente un determinado comportamiento (infidelidad, celos, dependencia emocional…) piensa que lo más probable es que resulte igual contigo.
  7. No dejes al azar el buen funcionamiento de tu relación; hazle saber que te importa con frecuencia, dile lo que sientes, hazle saber y demuéstraselo que no está solo/a.
  8. Reserva, siempre que podáis, un espacio individual y otro para la pareja.
  9. La sexualidad es un problema frecuente en las consultas psicológicas; por la frecuencia de las relaciones, por la monotonía o por la falta de deseo… No pases por alto la sexualidad, conocer tu cuerpo y el de tu pareja es vital, disfrutarlo juntos también es un seguro para el buen funcionamiento de la relación.
  10. No olvides que una relación es un acuerdo entre dos, donde ambos obtienen beneficios; si en lugar de amor, placer y motivación mi relación consiste en soportar, evitar y huir debo planteármela seriamente.

              Estas preguntas que parecen tan simples deben alcanzar el mayor grado de acuerdo, así tendremos asegurado parte del buen funcionamiento. Es fácil encontrar parejas que tras años de relación llegan a un punto muerto porque “no están de acuerdo sobre tener hijos o no”, aunque resulte poco romántico, aclarar determinados puntos al comienzo de la relación es crucial para desarrollar una pareja sana y duradera.

Sabemos que una pareja requiere muchos ingredientes para que funcione y por supuesto hay tantos ingredientes como paladares que lo degusten, esto significa que cada pareja es única y particular, lo que funciona en una no tiene porque hacerlo en otra. Pero todas requieren buenas dosis de motivación, atracción y apoyo para su mantenimiento y disfrutar es cuestión de proponérselo.

Cristina Carmona Botía