Hacia varios años, tres aproximadamente, que acudió por primera vez al médico de familia. En aquella ocasión rehusó enviarla al especialista a pesar de que ella insistió, le negó que fuese de interés médico, no le pareció que el bultito que se apreciaba en su cuello fuese significativo. A Laura le costó casi dos semanas eliminar el dolor que le producía el ganglio inflamado, por la infección de garganta según el médico. Pero el miedo que le producía la idea de un diagnóstico erróneo tardó tres meses en desaparecer…  Consiguió deshacerse finalmente del malestar y la incertidumbre. Y ahora, recordaba los esfuerzos que había hecho, por deshacerse de la sensación que le producía la incipiente enfermedad que creía incubar y el empeño en confiar en su médico de familia y sentía impotencia, rabia, un nudo en la garganta que le impedía tragar y la presión  en el pecho.

Sentada en la consulta del especialista, con los análisis de sangre que señalaban una alteración en los glóbulos blancos, leve aún, pero insidiosa no cabía  duda ya para Laura, sola, sin la compañía de su pareja, que nunca la apoyó y con su ganglio nuevamente inflamado, esperaba un diagnóstico certero.

Hacía meses que se encontraba sin fuerzas, falta de energía y sin capacidad para acometer su vida, el trabajo, las salidas con los amigos, la sexualidad con su pareja… todo se había visto afectado, sentía que algo se le escapaba, se sentía enferma.  A la infección de garganta le siguió una infección de orina, pocas semanas después otra infección de garganta, y al final los ganglios inflamados. Todas estas alteraciones no podían ser sino síntomas inequívocos de algo más importante, pensaba Laura. Esta vez su médico no pudo excusar una analítica exhaustiva, su insistencia fue pura rutina, pensó ella, los síntomas hablaban por sí solos. Ya había leído sobre lo que ocurría en su cuerpo, los cambios que estaban aconteciendo, sabía que el cáncer sería su final… en internet multitud de páginas reflejaban su caso,  y en todas acechaba un diagnóstico espantoso: leucemia.

Y ahora, allí sentada, el pánico se apoderaba de ella, sabía con seguridad que su vida estaba a punto de dar un giro… sintió una punzada en el estómago y el corazón palpitar fuertemente. El doctor entró en la estancia con la expresión seria, no la miró a la cara hasta tomar asiento. Asintió con la cabeza, como si confirmase lo que ya esperaba. Y mientras revisaba el historial médico de Laura y los últimos resultados, cercioró sus peores sospechas: “Efectivamente, tiene usted un serio problema de salud, y debe ser tratado de inmediato… Sufre una alteración que afecta a su salud física y mental, sin tratamiento puede quedar impedida, con grandes limitaciones… -el doctor hablaba en un tono firme, pero con serenidad, ella sobrecogida y angustiada por la noticia no podía evitar sentir al mismo tiempo cierto alivio por la confirmación de lo que ella ya sabía y sentía en su cuerpo desde hacía tiempo-  sus análisis sin embargo… – prosiguió el doctor- son correctos”.

Durante unos segundos el ambiente se enrareció. “No tiene usted leucemia, ninguna enfermedad de carácter orgánico- Laura empezaba a encontrarse  confusa, aturdida, la habitación parecía encogerse y  el aire se hacía irrespirable, el especialista continuaba hablando – sufre usted un  trastorno hipocondriaco desde hace varios años…” – calló y miró a Laura  a los ojos, esperando  respuesta o pregunta, como si esperase en cierto modo que ella siguiese con el discurso, como si debiera saber de antemano lo que estaba sucediendo y lo que le diría después. Pero ella no habló, no dijo nada, su mente se paralizó,  por momentos sintió un sudor frío apoderarse de su cuerpo: hipocondría, esa palabra que llegó a aborrecer de tanto oírla en boca de Bruno, su pareja. No podía creer lo que le decía, un sinfín de pensamientos y sentimientos se apoderaron de su mente y su cuerpo en segundos: la certeza de encontrarse realmente enferma,  la incredulidad de lo que decía el médico, la posibilidad de que así fuese… vergüenza  por el empeño que siempre puso en convencer a los demás de su enfermedad latente, los desaires de unos y otros cuando ella se encontraba convaleciente… ¿tenían razón? estaba bloqueada, quería desaparecer, que aquello no estuviese ocurriendo.

“No se preocupe, tiene tratamiento… le preparé un volante para salud mental”

Concluyó el doctor.